Con el frío llegan las contracturas, la rigidez matutina y los dolores de espalda que parecen aparecer de la nada. Muchas personas los atribuyen a “haber dormido mal” o a “un mal movimiento” y esperan que pasen solos; a veces es así, pero otras veces, detrás de ese dolor hay una hernia de disco que el invierno no causa, aunque sí puede desencadenar o hacer más evidente, y que sin atención adecuada puede progresar y comprometer la calidad de vida de manera significativa.
Los discos intervertebrales son estructuras de tejido fibrocartilaginoso que actúan como amortiguadores entre las vértebras. Con los años, o por sobrecarga mecánica, pueden deteriorarse y protruir hacia el canal vertebral, comprimiendo las raíces nerviosas. Eso es una hernia de disco, y puede ocurrir en cualquier nivel de la columna, aunque las zonas lumbar y cervical son las más frecuentes.
El frío genera vasoconstricción, reduce la irrigación de los tejidos blandos y aumenta la tensión muscular. Los músculos que sostienen y estabilizan la columna se contraen de manera refleja ante el descenso de temperatura, lo que aumenta la rigidez y reduce la capacidad de absorción de impactos de toda la estructura.
En ese contexto, un movimiento brusco al levantarse, cargar peso o simplemente inclinarse puede ser suficiente para desencadenar una hernia en un disco que ya estaba deteriorado. el frío no es la causa de la hernia, pero sí “prepara el terreno” y favorece que el dolor aparezca.
A eso se suma el sedentarismo propio del invierno: menos caminata, más tiempo sentado, postura encorvada frente a pantallas y menor ejercicio de la musculatura que protege la columna.
El síntoma más característico de una hernia lumbar es la lumbociática: un dolor que comienza en la zona baja de la espalda y se irradia hacia el glúteo, el muslo y la pierna, a veces con hormigueo o sensación de corriente eléctrica.
En la hernia cervical, el dolor baja hacia el hombro, el brazo y los dedos. Cuando aparecen hormigueo persistente, pérdida de fuerza o dificultad para caminar, la consulta no puede esperar. El diagnóstico se confirma con una resonancia magnética de columna.
La buena noticia es que la mayoría de las hernias discales responden bien al tratamiento conservador: reposo relativo por un tiempo breve, analgesia y rehabilitación kinesiológica orientada a recuperar movilidad y fortalecer la musculatura que estabiliza la columna.
El reposo absoluto prolongado ya no se recomienda, porque puede aumentar la rigidez y enlentecer la recuperación; la movilización gradual y controlada forma parte del tratamiento.
Los tratamientos mínimamente invasivos se reservan para los casos en que el abordaje conservador no da resultado o cuando los síntomas neurológicos son severos o progresivos, y suelen ofrecer tiempos de recuperación más cortos que la cirugía abierta tradicional.
El objetivo es claro: aliviar el dolor, recuperar la función y evitar secuelas que limiten la vida diaria.
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