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Síndrome del corazón roto

Sindrome del corazon roto

Una noticia devastadora, la muerte de alguien querido, un susto enorme. Y de golpe: dolor en el pecho, falta de aire, la certeza de que algo grave está pasando. La persona llega a la guardia, le hacen un electrocardiograma y todo indica un infarto. Pero cuando estudian las arterias coronarias, no encuentran una obstrucción que explique lo que está ocurriendo.

Eso tiene nombre: síndrome del corazón roto o miocardiopatía de Takotsubo.

Cuando la emoción golpea el músculo

Ante una situación de estrés extremo, el cuerpo descarga una cantidad enorme de catecolaminas – como adrenalina y noradrenalina – de golpe. En la mayoría de las personas eso pasa sin consecuencias. En algunas, esa descarga “aturde” al músculo cardíaco.

Una parte del corazón deja de contraerse como debe. El resto compensa, se contrae de más, y el corazón adopta frecuentemente una forma característica: se abomba abajo y se angosta arriba. Los médicos japoneses que lo describieron en los años noventa notaron que se parecía a un takotsubo, una vasija de cuello angosto que se usa para pescar pulpos. De ahí el nombre.

Lo importante es que, a diferencia del infarto producido por la oclusión de una arteria coronaria, en el Takotsubo la alteración del músculo cardíaco no sigue el territorio de una única arteria coronaria.

Se sabe algo más: afecta sobre todo a mujeres, y más frecuentemente, después de la menopausia. Se ha propuesto que la disminución de estrógenos después de la menopausia podría contribuir a esta mayor susceptibilidad

Y no siempre lo dispara algo malo. Se describieron casos tras una fiesta sorpresa o al ganar la lotería. Lo que importa es la intensidad de la emoción, no su signo.

Cómo se distingue de un infarto

Que no haya una obstrucción coronaria que explique el cuadro no significa que sea leve. Durante el episodio el corazón bombea mal, y eso puede complicarse con arritmias, insuficiencia cardíaca aguda, shock cardiogénico o formación de coágulos que viajen al cerebro.

Además, y esto es lo central: desde afuera es imposible distinguirlo de un infarto. Los síntomas son casi los mismos:

  • dolor o presión en el pecho,
  • falta de aire,
  • sudoración, náuseas,
  • mareo o desmayo.

Acá es donde los estudios permiten establecer la diferencia. El equipo médico evalúa en conjunto los síntomas, el electrocardiograma, los análisis de sangre y las imágenes cardíacas. El estudio de las arterias coronarias permite determinar si existe una obstrucción que explique el cuadro, mientras que el ecocardiograma o la resonancia muestran cómo está funcionando el músculo cardíaco.

Como inicialmente ambos cuadros pueden presentarse de manera similar, los estudios son fundamentales para diferenciarlos y definir el tratamiento adecuado. De ahí que la calidad de la imagen y la lectura de quienes la interpretan no sean un detalle técnico: definen el diagnóstico.

La buena noticia es que, en la mayoría de los pacientes, la función contráctil del corazón se recupera en días o semanas, aunque requiere seguimiento porque pueden presentarse complicaciones y, en una minoría, recurrencias.

Un corazón que se estudia por dentro

Distinguir un corazón aturdido de uno infartado no se resuelve con una sospecha clínica: se resuelve viéndolo. Por eso la Clínica La Sagrada Familia invierte hace años en equipamiento de imágenes de alta complejidad y forma equipos de profesionales que saben leerlo.

En un cuadro como este, identificar si existe una obstrucción coronaria y evaluar el funcionamiento del músculo cardíaco cambia el rumbo del tratamiento.

A esto se suma algo que define la identidad de la Clínica: acá el corazón nunca se mira solo. La neurocardiología parte de una idea simple, que lo que le pasa a un órgano le pasa al otro.

El Takotsubo es, precisamente, uno de los ejemplos más claros de la estrecha relación entre cerebro y corazón: una respuesta cerebral intensa al estrés puede, a través del sistema nervioso autónomo y de las catecolaminas, producir una alteración transitoria pero potencialmente grave de la función cardíaca.

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Durante un ataque cerebral perdemos 2.000.000 de neuronas por minuto.